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El Ejército de EE. UU. prueba un F-250 autónomo que abre brechas y derriba drones

Sandhills 2.0 integra conducción autónoma, apertura de brechas y una torreta antidron en un Ford F-250 probado por el Ejército de Estados Unidos.

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El Ejército de EE. UU. prueba un F-250 autónomo que abre brechas y derriba drones

El Ejército de Estados Unidos ha probado en Fort Bragg una combinación poco habitual: un Ford F-250 capaz de recorrer una ruta de apertura de brechas sin tripulación y una torreta Edda destinada a protegerlo frente a drones pequeños. El ejercicio Sandhills 2.0 no presenta todavía un sistema de serie, pero sí demuestra cómo varias piezas autónomas y semiautónomas pueden trabajar sobre el mismo problema operativo.

Un vehículo sin tripulación para entrar primero

La prueba se desarrolló dentro de Project Sandhills 2.0, una campaña de experimentación dirigida por la 20.ª Brigada de Ingenieros entre el 17 y el 28 de agosto de 2026. Según la crónica oficial del Ejército, los soldados trazaron rutas digitales y enviaron vehículos autónomos para despejar obstáculos mientras permanecían alejados del punto de mayor riesgo.

La plataforma terrestre es un Ford F-250 equipado con el sistema AutoDrive de Forterra. La empresa explica que su contrato para Sandhills 2.0 cubre sistemas de misión integrados sobre este modelo comercial, preparados para desplegar cargas de limpieza de zonas y cargas lineales. El uso de una camioneta existente busca facilitar la integración y el mantenimiento, aunque el anuncio no aporta velocidad, autonomía, tasa de éxito ni distancia recorrida durante el ejercicio.

El F-250 no trabajó como una máquina aislada. El escenario combinó vehículos terrestres, cargas robóticas de apertura, detección de minas, drones y herramientas antidron bajo una arquitectura común de mando y control. En una de las calles de prueba, un vehículo desplegó una carga lineal asistida por cohete; en otra, el camión de defensa siguió y abatió objetivos aéreos en segundos, de acuerdo con el Ejército.

La formulación oficial alterna «autónomo» y «semiautónomo», una diferencia importante. Los vehículos ejecutaron rutas planificadas digitalmente, pero la documentación pública no afirma que eligieran por sí solos los objetivos o el propósito de la misión. Tampoco la torreta dispara sin control humano: el Ejército describe expresamente un efector autorizado por una persona.

Edda escucha el dron antes de seguirlo con una cámara

La torreta Edda, desarrollada por la empresa 9 Mothers, está pensada para la defensa a corta distancia frente a drones FPV. Primero emplea detección acústica pasiva para estimar de dónde llega el aparato y después recurre a un modelo visual para afinar el seguimiento. Al no emitir radiofrecuencia durante esa secuencia, reduce su propia firma electrónica; el fabricante ofrece radar activo como opción.

Según su ficha técnica oficial, Edda está diseñada para objetivos de unas siete pulgadas dentro de un rango de 10 a más de 100 metros. La plataforma pesa menos de 23 kilogramos, ocupa alrededor de 0,5 metros cúbicos y puede girar cinco grados en menos de 15 milisegundos. Su efector es una escopeta, una elección de corto alcance acorde con la amenaza que pretende interceptar.

Estas cifras describen el diseño, no su eficacia real. Ni 9 Mothers ni el Ejército han publicado cuántos blancos participaron, cuántos disparos hicieron falta, a qué velocidad volaban o qué porcentaje de intercepciones terminó con éxito. La prueba confirma que el conjunto detectó, siguió y derribó drones, pero no permite comparar Edda con otros sistemas antidron ni saber cuántos ataques simultáneos puede afrontar.

La defensa añade una capa que faltaba en las primeras iteraciones de la apertura robótica de brechas. Un vehículo lento, concentrado en atravesar minas o barreras, es un objetivo accesible para pequeños drones. Montar el sistema de protección sobre otro F-250 semiautónomo permite que acompañe al paquete sin devolver una tripulación al área que la robotización pretendía vaciar.

Una demostración integrada, no un despliegue de serie

Sandhills comenzó como una iniciativa para sacar a los ingenieros del punto de apertura, donde confluyen minas, obstáculos y fuego enemigo. Forterra anunció el 31 de julio un segundo contrato para integrar sus sistemas sobre los F-250, pero no hizo público su importe, el número final de unidades ni un calendario de producción. El ejercicio de agosto sirve para recoger observaciones de los soldados y modificar el conjunto, no equivale a una aceptación operativa definitiva.

El interés técnico está en la integración. La conducción autónoma, la detección de minas, la carga de apertura y la defensa aérea existen por separado; hacerlas compartir rutas, comunicaciones y autorizaciones humanas es el paso necesario para formar un equipo robótico útil. El Ejército también probó drones Bumblebee V2 desde un contenedor Bee Hive y un Black Widow de Safe Pro AI para analizar imágenes y localizar obstáculos explosivos.

Quedan preguntas relevantes sobre comunicaciones degradadas, comportamiento ante fallos, recarga, munición, recuperación de vehículos y supervisión de varias máquinas a la vez. También falta comprobar si el coste de perder el conjunto encaja de verdad con la idea militar de sistemas «atribuibles», es decir, suficientemente baratos y reemplazables para asumir riesgo.

Por ahora, Sandhills 2.0 ha superado una barrera más modesta pero tangible: llevar un paquete de autonomía terrestre y protección antidron a una prueba de campo con usuarios militares. La siguiente medida no será una demostración más llamativa, sino repetir la misión en condiciones distintas y publicar métricas que permitan saber cuánto riesgo humano reduce y con qué fiabilidad.

Fuentes

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